Mostrando entradas con la etiqueta economia política. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta economia política. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de noviembre de 2010

SE ACABO

“Y ahora, qué van hacer con los suplementos de economía La Nación y Clarín? ¿A que se van a dedicar después de este anuncio?”.
La pregunta, plagada de ironía pero que resumía una inocultable satisfacción, me la transmitía por  teléfono un colega, compañero de trabajo y  secretario de redacción de un diario, una hora antes de que Cristina anunciara la renegociación de la deuda con el Club de París, sin la participación del FMI. 

A ver. No es un simple anuncio ni una medida de gobierno intrascendente. Es lisa y llanamente la complementación final  de la política de desendeudamiento iniciada por el ex presidente Néstor Kirchner en el 2005. Se cierra un círculo que estuvo plagado de dificultades y contratiempos, desde que el ilustre puntano Rodríguez Saa  defaulteara alegremente la deuda externa, en los calientes y dolorosos días de diciembre de 2001.

Más que una repetición de la historia, es una maravillosa continuidad que pone de manifiesto una vez más la coherencia  plasmada entre el dicho y el hecho. En la presidencia de Néstor Kirchner, un canje de deuda exitoso y la cancelación de la deuda con el FMI. En este gobierno de Cristina, un canje de deuda exitoso y la cancelación de la deuda con el Club de París.  No son coincidencias. Son consecuencias, que no es poco.

Con este anuncio, la Argentina se libera definitivamente de una verdadera mochila de plomo. Y constituye el broche de oro para una política que cosechó resultados positivos desde que se comenzó a poner en práctica contra viento y marea. Quedan simplemente intereses devengados por emisión de bonos con anterioridad al default pero que en términos comparativos poseen un peso definitivamente menor en relación con el PBI que las deudas saldadas. 

Esta medida, además, termina con uno de los negociados más fabulosos de que se tenga memoria en la Argentina. Desde la dictadura militar para acá, nuestro país no hizo sino hundirse en el abismo cenagoso de la toma de deuda, condenando a generaciones enteras a la ignominia de deber dinero que jamás había tomado prestado. Era el nuestro un país donde cada niño, por el simple hecho de nacer, contraía una deuda de miles de dólares gracias a los desaguisados de gobiernos cuyos funcionarios  profundizaron la condena de la deuda impagable. Los exégetas del libre mercado, que permanentemente reclamaron a Néstor Kirchner y Cristina Fernández un alineamiento a ultranza con las políticas que nos llevaron al desastre, que insistieron hasta decir basta con el respeto al FMI y otros organismos similares, que condenaron hasta quedarse sin voz esta política de levantar las deudas que no habían contraído los actuales gobernantes, se quedan desde ahora, sin argumento posible. Se quedan huérfanos de legitimidad para seguir reclamando y exigiendo.  Las décadas durante las cuales lucraron venalmente con las deudas acumuladas, actuando como voceros impunes de nuestros acreedores, muchos de ellos ilegítimos, han concluido desde ahora y para siempre. No les queda entonces margen para la elaboración de argumentos que se sostengan por sí mismos. Esa misma carencia discursiva los llevará (lo vamos a ver dentro de pocas horas más en primeras planas y páginas interiores de los diarios hegemónicos o casi, , en las pantallas de televisión y escuchar en las emisoras de radio) a plantear lamentos y críticas con las que procuraran ocultar el odio y la desazón, al mismo tiempo, que les provocará saber que no habrá de ahora en más beneficios posibles por cada centímetro publicado, por cada minuto de aire utilizado en defensa de los intereses que sojuzgaron implacablemente a la Argentina. 

Por eso, mi querido colega y compañero de trabajo, tiene razón cuando se pregunta adónde irán ahora los suplementos y páginas de economía de La Nación y Clarín, pero también de Ámbito Financiero, del  Cronista, de Perfil, de La Prensa, que tanto escribieron sobre lo que debíamos hacer para reinsertarnos en el mundo.  Se acabó. Definitivamente. Ahora empezará otro capítulo que, no tengo dudas, marcará mucho más claramente la profundización de este modelo

viernes, 14 de mayo de 2010

NO SON DESTITUYENTES NICOLAS, SON GOLPISTAS

El salvataje lanzado por el FMI y la Unión Europea para salvar al sistema financiero de Grecia, ya está haciendo agua por los cuatro costados. Son casi 700 mil millones de euros destinados a evitar que sigan colapsando los mecanismos especulativos que, en definitiva, son los que han llevado a Grecia a la situación en la que se encuentra. El propio FMI admitió hoy muy temprano que es posible que ese programa de salvataje termine en un nuevo fracaso.

España acaba de anunciar un drástico plan de ajuste que, y esto no debiera sorprender a nadie, incluye recortes en los salarios y beneficios sociales, que pone al país al borde del mismo abismo en el que se encuentra Grecia. La diferencia es que la magnitud de la economía española es superior a la griega y, en consecuencia, el impacto externo que su crisis genere será muchísimo mayor. Son 60 millones de habitantes contra 10 millones de griegos, un PBI per cápita muy superior, una economía poseedora de numerosos recursos que le permiten cierto grado de autonomía en materia de abastecimiento que Grecia no tiene y una proyección en el plano continental de mayor profundidad. Sus coletazos entonces deberán ser forzosamente mayores que los de Grecia.

Y Portugal mira de reojo, sabiendo que no tiene demasiadas chances de quedar afuera de los ajustes. De hecho el gobierno socialista portugés se debate por estas horas en la elaboración de medidas que contengan el avance de la crisis, pero en el convencimiento de que no podrán ser muy diferentes a las que han adoptado los otros dos países. Cómo hará ese gobierno un poquito más socialdemócrata (no demsiado, que quede claro)que los de España y Grecia para enfrentar la crisis y no quedar envuelto en la misma esfera neoliberal que sacude a sus vecinos, es un dilema de difícil resolución.

Este panorama demuestra que la tan mentada fortaleza de la Unión Europea es simplemente otra brubuja inventada por las corporaciones y los factores intervinientes en los negocios especulativos del sistema financiero europeo. Un grupo dominado solo por las economías más fuertes que imponen inopinadamente sus condiciones al resto, sin importar la magnitud de sus recursos económicos. En ninguna cabeza racional cabe que Grecia, Portugal, algunos países de la ex órbita soviética y hasta Portugal, queden sujetos a las mismas reglas de juego que sí pueden cumplir Alemania, Francia o Italia por poner solo dos ejemplos. La debilidad de la unión, entonces, es inocultable, y la actual crisis la pone claramente de manifiesto.

El euro, que se proponía como la próxima moneda fuerte del mercado internacional, entró en una espiral de caída que solo permite una revalorización del dólar y dejar al descubierto la falta de sustentabilidad monetaria, toda vez que el Banco Central Europeo, creado para su sostenimiento, no cuenta con las herramientas adecuadas ni la voluntad política para cumplir con su objetivo. El fantasma de la salida del euro por parte de algunos países de la unión para devaluar y procurar un posterior apreciación de sus monedas locales sobrevuela por estas horas en los despachos de sus principales funcionarios.

Resulta incomprensible e indignante que mientras este escenario se muestra sin pudor a través de los medios, sus principales columnistas y editorialistas sigan insistiendo en salidas y mecanismos que estan demostrando sus fracasos. Y digo están porque utilizar el tiempo pasado resulta insostenible en tanto el presente nos muestra de qué manera resultan inviables. El ejemplo más tajante es que mientras miran lo que ocurre como si se tratara de una película de ciencia ficción, informan que hasta el propio FMI no cree en sus recetas.

En el plano local, seguimos escuchando y leyendo a los gurúes del fracaso aconsejar en el mismo sentido. Volver al FMI, mejorar el canje de deuda, enfriar la economía, subir tasas de interés, recortar gastos, como si la Argentina estuviera envuelta en una debacle de similars características. El mejor ejemplo es un artículo que firma Manuel Solanet publicado hoy por El Cronista en el que insiste con estas recetas. (Para leer el artículo click ACA

Los medios argentinos, en su mayoría en manos de los representantes de estos sectores concentrados y afines a los postulados neoliberales y del famoso "consenso de washington", día tras día nos plantean un panorama de desastre con la intención de generar la sensación de que la Argentina está al borde de la caída. La casi totalidad del rejunte opositor se suma a ese coro y cada día que pasa deja más al descubierto que el modelo de país al que aspiran terminó en el 2001 con pobreza, miseria y muertos por doquier. Ambos grupos forman una suerte de "task force" empecinada en desgastar de manera desesperada a un gobierno que día tras día demuestra que el camino es otro. Y lo demuestra con hechos concretos y palpables, no con anuncios o promesas.

Ya no hay que hablar de embestida destituyente, como tan bien la definiera en 2008 el querido y recordado Nicolás Casullo. Lo que impulsan estos sectores es un claro intento de golpe paulatino que desemboque en una crisis artificlamente generada para volver al país injusto, excluyente, desigual, desequilibrado.

No Nicolás, ya no son destituyentes. Son lisa y llanamente, golpistas. Lástima que no estes aquí para ayurdarnos con tu sabiduría a descular con habilidad sus puntos débiles y atacarlos con inteligencia.

Marcelo Bartolomé

martes, 20 de abril de 2010

DE BOLUDOS Y CAGATINTAS...

Mientras se multiplican las embestidas de los sectores exportadores para promover una suba del tipo de cambio, lo que equivale a una devaluación que terminará afectando otra vez el bolsillo de los trabajadores formales y no formales, los jubilados y los consumidores en general, vuelve a cobrar vigencia (en realidad nunca dejó de tenerla) la discusión en torno de las mediciones de la inflación que hace el INDEC.

En realidad ese reclamo está claramente atado a una polémica que se ha transformado en caballito de batalla de opositores y economistas ultra ortodoxos que sostienen la falta de credibilidad de las mediciones del organismo estadístico.

En este mismo blog ya hemos hecho referencia a este mismo tema, pero parece ser necesario en los tiempos que corren reiterar una vez más algunos conceptos y hasta diríamos que profundizarlos para que queden de manera más clara todavía.

Digámoslo sin tapujos ni vergüenzas. SI, EL INDEC MANEJA DE MANERA CIERTAMENTE TENDENCIOSA LAS CIFRAS DE LA INFLACION. Para que ocultarlo? El consumidor que va diariamente al supermercado (chino, francés, chileno o de capitales nacionales) ve que determinados productos de su canasta familiar han aumentado en algunos casos de manera desproporcionada en relación con los 3 o 4 últimos meses. Mete la mano en su bolsillo y encuentra la misma cantidad de dinero pero para una menor cantidad de artículos que hace un tiempo.

Esto revela claramente que los consumidores tienen una medición de la inflación más concreta y certera que la que el INDEC da a conocer mensualmente. Hombres y mujeres que cotidianamente realizan sus compras semanales o mensuales comprueban que los productos de primera necesidad han aumentado en porcentajes desmesurados en relación con el devenir del comportamiento de la economía. Este y no otro es el mejor termómetro para medir el incremento del costo de vida. Pero aquí, en este punto de la discusión, es preciso desdoblar el análisis y detenernos en dos puntos cruciales.

Primero ¿porqué el INDEC insiste con medir una inflación que está varios puntos porcentuales por debajo de lo que siente el bolsillo del consumidor? Lo hemos dicho aquí, en este mismo blog y lo reiteramos ahora, por si quedaran dudas o no fuimos claro entonces. (Y eso que cuando hicimos el comentario la diferencia llegaba a apenas medio punto porcentual). En los meses previos al estallido de la crisis de 2001 y con posterioridad, la Argentina emitió bonos de la deuda con vencimientos escalonados desde entonces hasta el 2030, cuyo ajuste está condicionado a la evolución de las tasas de inflación. A mayor tasa de inflación, mayor cantidad de dinero en concepto de interés debe pagar el país.

Desde fines de 2005, una vez que fue saldada la deuda con el FMI, el gobierno comenzó a replantearse este dilema heredado de administraciones anteriores (concretamente las encabezadas por la Alianza y Eduardo Duhalde). Evidentemente no había manera legal de modificar las condiciones de ajuste de esos bonos sin generarse una cantidad de planteos de carácter legal que hubieran hundido al país en un marasmo de juicios todos ellos adversos antes de que comenzaran a tramitarse.

Ahí es cuando se decide recomponer los parámetros de medición de la tasa de inflación. Para ello se decide eliminar determinados artículos y servicios que por entonces aún componían la denominada canasta familiar y que poco o nada tenían que ver con los consumos habituales y medios del habitante promedio de la Argentina. Por ejemplo los servicios de castración de un animal doméstico (una gata, por ejemplo), alimentos para mascotas, bebidas alcohólicas como champagne o whisky, alquiler de cocheras, gastos por estacionamiento, salidas tales como cenas o almuerzos para –promedio- cuatro personas, (es decir, una familia tipo), esparcimientos como teatros u otros espectáculos con valores promedio por encima del alcance del consumidor medio, para reemplazarlos por otros gastos comunes a una mayoría de habitantes como por ejemplo el valor de un kilo de pan, el gasto en transporte público, (colectivos, trenes o subterráneos), alimentos de primera necesidad como harinas, arroz, fideos, azúcar, yerba, vestimenta entendida como ropa y calzado para uso cotidiano y/o laboral por poner solo algunos ejemplos, al mismo tiempo que se resuelve ampliar el universo de personas encuestadas y la composición económica, etaria y social de los integrantes de una familia tipo. Todo lo cual da como resultado un índice sensiblemente menor al que surge de una medición realizada bajo los parámetros anteriores.

Usted se preguntará no “porqué cantamos” sino con qué objetivo. Y aquí está la respuesta a la pregunta del millón: para que el país pague centenares o miles de millones de dólares menos de intereses por cada vencimiento de los cupones de los bonos emitidos por los gobiernos que encabezaron quienes hoy se presentan como salvadores de la patria. Cada décima por debajo de lo que la gente común califica de inflación real, son millones de pesos que el país se ahorra de transferirle a los tenedores de esos bonos. Cada décima por debajo de esa inflación significa decenas de millones de dólares que el país no solo ahorra sino que vuelca al consumo interno, a la obra pública, a los planes de asistencia social, a la mejora del salario real, a planes de infraestructura (viviendas, cloacas, agua potable, servicios sanitarios, escuelas, hospitales, centros de atención primaria de la salud).

Pero de esta respuesta surge otra pregunta fundamental: ¿los índices de inflación que mide el INDEC son perjudiciales directamente al bolsillo del trabajador, del asalariado? ¿Una medición estadística que tiene un altísimo componente político daña la capacidad de ahorro, la posibilidad del consumidor por si misma? ¿O, por el contrario, le permite al país una acumulación de una masa de dinero que de otra manera sería injustamente transferida al exterior en concepto de intereses espurios y usurarios? Respóndase usted mismo esta pregunta, que para eso es grande, maduro e inteligente.

Y en cambio pregúntese, porque también para eso es grande, maduro e inteligente, quienes son los que desde hace cuatro meses han promovido una escalada de precios desmesurada y que no se condice con las variables macroeconómicas vigentes de manera permanente desde hace 6 años. Pregúntese si la Argentina no ha generado en las últimas décadas un mercado altamente concentrado, que provoca que más del 80 por ciento de los alimentos y servicios de primera necesidad estén en manos de una o dos empresas. ¿Sabe cómo se llama eso? Posición dominante de mercado. ¿Sabe qué significa? Que esos grupos monopólicos (que no están solamente en los medios de comunicación) pueden manejar los precios de esos productos y servicios a su entero antojo, porque como no hay competencia el consumidor no puede optar por un precio más acomodado para su bolsillo. Y si aun sigue considerándose grande, maduro e inteligente, pregúntese también si hay algún antecedente, aquí o en otro país, de algún gobierno de cualquier signo que un día se levante y decida aumentar los precios de los productos y servicios porque no tiene mejor cosa que hacer ese día.

Los precios pueden variar hacia arriba cuando la cadena de valores de los costos de producción aumenta de modo tal que provoca una suba en los niveles de inyección dineraria para su manufactura o prestación. Por lo general, en países aún periféricos como el nuestro, tales costos están atados al dólar. Pero fíjese usted un dato: el valor del dólar en nuestro país se ha mantenido estable en los últimos 6 años. En el mercado internacional la moneda estadounidense pelea por mantenerse a flote a costa de un flujo de billetes verdes emitido por la Reserva federal norteamericana sin respaldo real de ninguna clase. Su principal competencia es el euro y también el yen y, aunque suene a absurdo, el yuan, la moneda china. Y por si esto no le alcanzara para comprender, la embestida de los precios ocurre a la salida de una crisis fenomenal que tiró de un soplido al sistema capitalista sustentado en el valor del dólar y su cotización internacional de la mano de negocios de carácter eminentemente especulativo en el plano financiero. El dólar en la Argentina es altamente competitivo a valores internacionales. El sector exportador tanto manufacturero cuanto agropecuario) tiene niveles de rentabilidad medidos en dólares que cuadruplican, en el peor de los casos, los niveles habituales en los mercados internacionales. ¿Cuál o cuáles son entonces las razones objetivas y concretas para aumentar precios en productos y servicios que tienen una ganancia neta de carácter expoliador? Para ser concretos, ¿Quién tiene la culpa de la inflación actual, el INDEC o los conglomerados empresarios concentrados y monopólicos?.

Pero hay más, porque se me ocurre preguntarle ¿le tengo que explicar también cuáles son las razones por las cuales se está pidiendo una suba en la cotización del dólar después de haber hecho esta parrafada infernal? ¿Le tengo que explicar también que una modificación hacia arriba en el valor de dólar significa un golpe más duro y mortífero a su bolsillo que las mediciones del INDEC? ¿O todavía no se dio cuenta de quienes fueron los que reclaman una devaluación de la moneda nacional del orden del 30 por ciento, equivalente a la que promovió Duhalde a la salida de la convertibilidad? ¿O me va a decir que usted está más preocupado por las índices del INDEC que por perder la tercera parte de su poder adquisitivo de un saque?

Y metiéndonos con el tema de la devaluación, del reclamo de un dólar más alto, (por encima de los 4 pesos) hemos respondido a la segunda cuestión central de la discusión que se da por estos días. Si me dice que no entiende porqué el gobierno no hace nada para frenar esta embestida, le respondo: porque tiene que salir a pelear todos los días, cada día, con una caterva de boludos que siguen quejándose de que el INDEC no les mide lo que ellos miden, porque tiene que salir a pelearse todos los días con un conglomerado de inútiles que le siguen haciendo el caldo gordo a los que tenedores de los bonos que solo piensan en la manera de ganar un dólar más a costa de su salario, (digo el suyo, no el de ellos), porque tiene que salir a cada rato a explicar el sentido de haber transferido nuevamente al estado los fondos de las jubilaciones y recordarle a la clase media cagatinta que es más saludable invertir esos fondos en obra pública, en inversión productiva, en prestaciones sociales que en la timba financiera y bursátil en la que apostaban (no invertían, apostaban, eh?) las AFJP, porque tiene que salir a contener a esa agrupación históricamente golpista que se aglutina bajo el rótulo de “el campo” para que no vuelva a incendiar el país como pretendió hacerlo entre marzo y julio de 2008, porque tiene que procurar difundir su gestión de gobierno al tiempo que contrarresta las embestidas de los medios de comunicación monopólicos para los que nada, absolutamente nada de lo que hace este gobierno está bien. Como si no hubiera sido poca cosa devolver al estado el control de empresas estratégicas que fueron privatizadas, como si fuera poca cosa haber aumentado los niveles históricos de producción industrial en casi 6 puntos porcentuales en los últimos 7 años, como si fuera moco de pavo haber destinado el dinero de los intereses de los bonos usurarios y de fondos buitres en la construcción de viviendas, escuelas y hospitales. Por eso no ha hecho todavía más que de lo que hubiera sido esperable y necesario.

Por eso, si Usted es uno de los cagatintas a los que me refiero más arriba, que vive quejándose de que todo está mal y que piensa que el gobierno es culpable hasta del granizo que cayó el domingo por la noche, mírese al espejo, haga un ejercicio de introspección (si no entiende que quiere decir pregúntele a su sicólogo que seguro se lo va a explicar) y piense honradamente si no es mucho mejor reclamarle al gobierno por lo que aún hace falta que por lo que los medios concentrados le dicen que hace. Tenga el valor, aunque sea por un día, de pensar por su propia voluntad. Siéntase capaz de ejercer la mirada crítica, no por lo que le dice el título de un diario, sino por su propia capacidad de reflexión. Y, si le queda tiempo, cuando se mire en el espejo, pregúntese con honestidad y con una mano en el corazón si hoy está peor que en el 2001, 2002 o 2003. Si cree que sí, entonces usted (así, con minúsculas) es un cagatintas irrecuperable. Si, en cambio, logra vencer el miedo a la sinceridad con usted mismo y piensa que está mejor aun con las cosas que falta conseguir, que no son pocas por cierto, habrá dado un paso adelante para despegarse del pensamiento y el discurso único y rejuvenecer el arte del pensamiento por su propia voluntad, algo de lo que los griegos sabían un montón y que, pese a los miles de años transcurridos, sigue teniendo vigencia de manera inconmensurable.

Marcelo Bartolomé

lunes, 12 de mayo de 2008

¡QUE ALGUIEN RESPONDA ESTAS PREGUNTAS!

Esta bien. Creo que ya es suficiente. Mucha difusión mediática al tema del lock out de un sector del campo (porque la protesta no la realizan todos los que trabajan en el campo). Mucha pulseada entre los dos bandos en pugna. Mucha discusión en torno de los alcances de las medidas que dispararon el conflicto. Es hora de comenzar a correr el eje de la discusión y colocarlo en el centro de los temas que deben ser resueltos en serio en la Argentina.
En el medio de la vorágine “campera”, por denominarla de algún modo, uno no puede dejar de preguntarse algunas cuestiones. Por ejemplo ¿porqué no se aplica la ley de desabastecimiento contra los grandes grupos empresarios con posición dominante de mercado, productores de alimentos, que en el último año aumentaron sus márgenes de ganancias en casi un 85 por ciento promedio? Vale la pena al respecto leer el informe de tapa de Pagina 12 del domingo 11 de mayo.
¿Porqué no se ejerce una verdadera presión política contra las empresas petroleras que promueven un claro desabastecimiento de combustibles en el mercado? O mejor aún, ¿porqué no se ajusta el porcentaje de las regalías que las exportaciones de hidrocarburos deberían dejar en el país? Estoy absolutamente de acuerdo con las retenciones a las exportaciones agrícolas. Incluso estimo que deberían ser más altas para que con parte de ese dinero se subsidie mejor y de manera más eficaz a los pequeños agricultores que se dedican a cultivar la tierra para producir alimentos y subsistir familiarmente. Pero no entiendo porqué no se aplica con más rigor esa medida para las petroleras.
¿Ya se abandonó la discusión para aplicar una medida similar a las empresas mineras que generan uno de los saqueos más vergonzantes de que se tenga memoria en la Argentina post-colonial?
¿Porque no se discute la eliminación del 21 por ciento de IVA a los alimentos de primera necesidad? Lo que se deje de recaudar por medio de ese impuestos regresivo hasta la médula se puede obtener a través de más impuestos a la riqueza, las transacciones financieras o cualquier otro tributo que grave las ganancias exorbitantes que los grupos más concentrados han obtenido en los últimos 20 años.
Si las más recientes mediciones revelan un aumento en los índices de pobreza, desnutrición infantil, mortalidad infantil y deserción escolar, ¿porqué no se adoptan las medidas necesarias, sencillas por otra parte, para revertir esos números antes de que sea demasiado tarde?
Acaso ¿no serían estas medidas concretas y directas para efectivizar una mejor y más justa distribución de la riqueza?
No tengo dudas en defender a esta administración, aún con sus contradicciones y falencias, debilidades e incongruencias. Sobre todo si lo que se propone como alternativa tiene que ver con los sectores más reaccionarios de la política argentina, encarnados en las sociedades rurales, confederaciones agropecuarias y, desde hace poco tiempo, las federaciones que dicen ser agrarias pero que hoy tienen más en común con los terratenientes que con los trabajadores del campo, los nostálgicos de las dictaduras, los acólitos de Alfredo de Angeli, el nuevo “Blumberg agrario”.
Pero ese apoyo también me obliga a recordarle que hay una larga lista de cuentas pendientes, entre las cuales figuran las pocas mencionadas en este post. Cuentas que van devengando intereses mucho más pesados y difíciles de pagar que los que provoca la deuda externa, hoy tan abultada como hace cinco años, a pesar del canje de bonos y de la cancelación con el FMI.
Este gobierno, con todos sus defectos, cuenta con posibilidades estructurales inmejorables para resolver estos problemas. Posibilidades generadas en los últimos 5 años. Es decir, atribuibles a su propia gestión. Pero pareciera que hay una especie de karma ineludible en la dirigencia política argentina que la lleva a rifar de manera lamentable las oportunidades históricas. ¿Hay que seguir esperando? Y de ser así ¿qué es lo que hay que seguir esperando? ¿Cuánto más hay que seguir esperando? Porque la verdad es que yo ya no tengo más ganas de seguir esperando cuando veo que esas condiciones objetivas en lo político y lo económico están dadas desde hace bastante tiempo. Me niego a convertirme, como tantos otros, en el “hombre que está solo y espera”. Por otra parte, Scalabrini Ortiz no nos perdonará nunca que aceptemos mansamente asimilarnos al personaje de su libro.

miércoles, 7 de mayo de 2008

CRISIS ALIMENTARIA: ¿FALTAN ALIMENTOS O SOBRAN HABITANTES?

Quizás la pregunta sea demasiado absoluta en sí misma. Acaso no permita el mejor de los abordajes sobre un tema que, por otra parte, no es nuevo. El hambre en el mundo lleva décadas sin resolverse, mientras cada vez se amplían las superficies cultivadas y se multiplican las producciones de alimentos. Pero ¿cómo es posible entonces que hoy se vuelva a alertar acerca de una crisis de alimentos y la inminencia de otra ola de hambre para más de mil millones de personas en el planeta?
En una explicación demasiado sintética, podemos decir que el hecho de tener muchos recursos no nos garantiza por sí solo la resolución de nuestros problemas. Por ejemplo, ganar un buen salario no significa de antemano que nos vaya a alcanzar para cubrir con holgura nuestras necesidades. En realidad, la resolución de tales problemas debe estar basada en una correcta administración de esos recursos. Y quizás allí radique el origen del problema. La periodista Frida Modak, quien fuera secretaria de prensa del presidente de Chile Salvador Allende, sostiene que la inequitativa distribución de la riquezas y, por ende, de los alimentos que se producen en el mundo, es lo que está generando tamaño desorden con las peligrosas consecuencias alertadas.
Pero habría que agregar a esa posibilidad una más inquietante aún y que se relaciona con el título asignado a este post. La demanda de alimentos por parte de los países del mundo industrializado es cada vez mayor como consecuencia de un aumento del consumo per cápita en cada uno de ellos. Esa demanda impulsa la suba astronómica de los precios de las materias primas en el mercado internacional, redondeando un excelente negocio para los productores y multinacionales alimenticias. Al mismo tiempo se esta dando de manera vertiginosa una diversificación en la utilización de los cultivos para la elaboración de combustibles alternativos, denominados genéricamente biocombustibles. Además y de acuerdo con un informe de la periodista Frida Modak, investigadores norteamericanos desarrollan baterías que funcionan a base de azúcar para el funcionamiento de aparatos de alta tecnología como celulares, i-pods, note books y reproductores portátiles de música que estarían disponibles dentro de 2 ó 3 años. Este panorama explica en buena medida los aumentos de entre un 80 y un 130 por ciento en el precio de los cereales y oleaginosas entre 2007 y comienzos de 2008, incrementos que se trasladan automáticamente a los valores de los alimentos que con ellos se elaboran, poniéndolos fuera del alcance de millones de personas en todo el mundo, que sobreviven apenas con 1 dólar diario, según estimaciones de la FAO y el Banco Mundial. Sumémosle a esto, la prioridad que algunos de los principales países productores de alimentos le dan a los biocombustibles para conformar un cóctel verdaderamente explosivo.
Frente a este cuadro de situación es legítimo preguntarse si lo que en realidad ocurre en el planeta es que sobra demasiada gente. Si Argentina, al menos en teoría, produce alimentos para casi 300 millones de personas y otro tanto ocurre con otros países cuyas enormes extensiones territoriales le permiten producir alimentos en grandes cantidades, es inexplicable desde la utilización de la lógica que aún haya gente que padece hambre. Sin embargo eso ocurre cada vez con mayor frecuencia.
Si las prioridades no incluyen a las personas, si los agronegocios funcionan con los fríos mecanismos de la toma de ganancias y el aumento de la rentabilidad, si estos funcionan simplemente con aquella porción de la población del planeta que dispone del dinero necesario para comprar comida (y que, desde luego, es minoritaria pero a la vez suficiente para redondear un buen negocio), si hoy el maíz, el azúcar, el girasol, la soja sirven más para alimentar motores que vidas humanas, quiere decir que nos han cambiado el paradigma del equilibrio vital que la naturaleza impuso desde hace millones de años. Es evidente que hoy tiene más importancia el funcionamiento de una maquinaria con una excelente relación entre el costo del combustible y el rendimiento final que alimentar a más de 1.000 millones de personas que padecen hambre extrema.
Alimentos no faltan, esto es cierto. ¿Sobra gente en el planeta entonces...?

Hasta el próximo post