domingo, 5 de julio de 2009

MIRAR HACIA AFUERA O ENCERRARSE EN LA SOBERBIA

Ha pasado una semana. En los tiempos de la historia es un período más que exiguo. Diríamos que insignificante. Pero en la mensura de lo coyuntural, es suficiente como para ensayar un análisis aproximado de lo que pasó en estos 7 días y avizorar horizontes que permitan un tránsito menos complicado hacia el 2011.
En algún momento, y perdón por la autorreferencia porque no es el mejor mecanismo aunque en este momento lo creo necesario, fui tachado de poco oficialista, como alguien que no defendía este proyecto, este modelo de país que se intentó a los tumbos construir desde 2003. Con todo, al cabo de 6 años se sentaron algunos lineamientos básicos que definen el carácter nacional del modelo kirchnerista. Aquella calificación tuvo como fundamento (endeble y solo sostenido por concepciones verticalistas y de clara raigambre chupademista) mis críticas hacia las fallas y debilidades en la construcción del modelo. Empezando por la persistencia de importantes estructuras clave que siguen siendo el orígen del neoliberalismo, del conservadurismo más rancio, anclado en las estructuras financieras del país instaladas desde los tiempos de la dictadura de Martinez de Hoz y de Videla y que aun hoy siguen vigentes. Por ejemplo, es auspiciosa la eliminación de las AFJP y la reestatización del sistema jubilatorio, pero es poco o casi nada si advertimos que, al mismo tiempo, la Ley de Entidades Financieras sigue funcionando como si nada.
En la construcción del poder político que el kirchnerismo encaró tras las elecciones de abril de 2003, apareció un elemento que oxigenaba el sistema político argentino. El famoso transversalismo, que apelaba a la inclusión de los actores políticos y sociales que entendieran la necesidad de construir un modelo distinto de país más allá o por encima de las pertenencias partidarias,se revelaba como la respuesta más adecuada para enfrentar la crisis del sistema de partidos que hizo eclosión en los años 2001 y 2002. Los resultados de esa construcción se vieron claramente en las elecciones parlamentarias del año 2005. Al cabo de dos años y medio de gestión, el armado de la transversalidad habia dado los resultados necesarios para poder comenzar la construcción del modelo. “A partir del 10 de diciembre de 2005 comienza el verdadero kirchnerismo en la Argentina” dije por entonces en otro programa de radio, que también fue sacado del aire solo por marcar errores o alertar sobre las deficiencias. Porque a pesar de aquella victoria clara en las urnas, de manera insólita e inopinada, se comenzó lentamente a desandar el camino recorrido.
Lejos de profundizar los acuerdos y alianzas establecidos con diferentes sectores políticos que respaldan el rumbo y de renegar de la estructura del PJ, una estructura perimida y acostumbrada a la compra de voluntades, a la presión espuria para garantizarse apoyos y eventualmente votos, al clientelismo político, a la peor manera de construir en política, se pateó el tablero. Se volvió a al regazo del monstruo al que nunca se tendría que haber recurrido. La por entonces senadora Cristina Fernández, a pesar del retroceso, ganó las elecciones presidenciales del 2007, con un caudal de votos menor al esperado pero suficiente para evitar un ballotage. Pero parecía entonces que la suerte estaba echada,
Intendentes corruptos, gobernadores cuestionados y con comportamientos caudillistas, dirigentes oportunistas, alejados de los reclamos de la gente, fueron los que aportaron los votos en el interior para consolidar aquella victoria. Meses más tarde, el conflicto con el campo tuvo la virtud de instalar en el debate popular, la confrontación clara entre dos modelos de país antagónicos, como nunca antes en la historia moderna de la Argentina. La oportunidad histórica que tuvo el gobierno para consolidar sus convicciones, para trabajar en política de manera inteligente y estratégica para rearmar el tejido político del que se había abjurado previamente, fue incomprensiblemente desaprovechada. Y todo terminó en la madrugada fatídica del 18 de julio con el voto no positivo, hipócrita y condenable del vicepresidente Julio Cobos hacia la resolución 125. Otra vez se equivocó el camino para reconstruirse tras una derrota que, si se la mira en perspectiva, fue mucho más dura e importante que la del domingo último. Lo demás, lo que ocurrió desde entonces hasta hace 7 días, es historia reciente como para resumirla aquí.
Por todo esto, suena extraño, casi miserable, escuchar hablar de “traición” en relación con el comportamiento de los intendentes que apoyaron la lista oficialista pero que obtuvieron más votos que la fórmula Kirchner Scioli. Hicieron lo que estan acostumbrados a hacer: llevar agua para su molino y sacar provecho propio de la historia ajena. Y no admitir que ese iba a ser su comportamiento denota una miopía política preocupante.
Los medios jugaron el juego que más les gusta. Explotaron las debilidades oficialistas y con la fuerza que les da la concentración monopólica construyeron imagen y opinión a favor de sus representantes. Pero echarles la culpa solo a ellos de esa construcción mediática es cuanto menos una actitud mezquina. Porque nunca hubo desde el poder del estado capacidad de reacción para contrarrestar el discurso. Y porque sus hombres creyeron que podían utilizar esos medios para salir a decir lo que esos medios callaban. Una pelea desigual que terminó con el resultado consabido.
No hay indicios hasta ahora de haber tomado nota de las falencias propias que condujeron a esta derrota relativa, o dicho de otras formas, que promovieron una victoria pírrica de algunos sectores de la oposición. Porque no hay que olvidar el más de medio millón de votos de Sabatella en la provincia de Buenos Aires ni los cosechados por Pino Solanas en la ciudad de Buenos Aires que demuestran que no hay tal reclamo de cambio por parte de la sociedad. Ni tampoco los votos cosechados por los intendentes de los cordones bonaerenses. Ojo porque la gente rechazó claramente la figura de Kirchner pero no el modelo encarado por el gobierno, al que indirectamente respaldó con los votos entregados a esos jefes comunales. Los medios de la corporación callan esta parte del análisis, pero nadie desde el sector que perdió numéricamente la elección sale a poner las cosas en un plano de claridad. La culpa, entonces, está claramente repartida. La embestida desembozada que comenzaron a llevar adelante desde las 10 de la noche del domingo pasado demuestra que ahora, vienen por todo, quieren arrasar con todo. Y que no dejan el menor resquicio para atacar y confrontar, apelando a la mentira y a la deformación discursiva si eso fuera necesario. Frente a eso, solo se observó una conducta errática que lejos de contrarrestar esa estrategia, la fortalece en la persecución de sus objetivos.
Si establecemos estos puntos de vista no es, ni por asomo, para sumarle ventajas a los conservadores que ahora creen que el camino esta yermo para avanzar. Es para tratar de promover una reacción clara y contundente de los principales referentes del gobierno para trabajar en la recuperación de la iniciativa y la profundización del modelo. Marcar los errores y las deficiencias desde el respaldo al proyecto encarado hace 6 años, tiene para quien habla más valor que mirar para otro lado. Las cerrazones no conducen nunca a otra cosa más que a una tormenta de consecuencias implacables. Hablo desde el convencimiento de que no debe haber lugar para el retorno al pasado. Desde el convencimiento de que otro modelo de país es posible y más aún, necesario. Pero no quiero cimentar mi respaldo en la ausencia de autocrítica, en la falta de aceptación de los errores cometidos. Ni menos aún, en la actitud facilista de echarle la culpa a los demás. Uno es responsable de sus actos, para bien o para mal. Hubo muchos que no lo comprendieron. Y cargaron contra el mensajero en lugar de discutir o debatir ideas y proyectos mejores.
Falta mucho tiempo para el 2011. Pero cuidado, que la velocidad del tiempo no es variable. Se siente que corre más o menos rápido en relación con las actitudes que se pongan en práctica. Dicho de otro modo: el tiempo se pierde o se aprovecha. Y creo que con los ojos cerrados o mirando para otro lado, se dilapida la oportunidad para corregir el rumbo, como un barco después de la tormenta, y enfocar hacia los objetivos que se plantearon hace 6 años. Estan avisados, después no digan que nadie se los dijo.
Marcelo Bartolomé